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PALACIO QUINTANAR, centro de innovación y desarrollo para el diseño y la cultura, de la Consejería de Cultura y Turismo de la Junta de Castilla y León, presenta:

«Mujeres de Park Avenue» de Suso Barrio

Inauguración: 19 noviembre 2022
Clausura: 13 febero 2022
«Mujeres de Park Avenue» de Suso Barrio

SOBRE LA EXPOSICIÓN

Después de estos últimos tiempos sombríos, contemplar la obra de Suso Barrio supone una vaharada de alegría y optimismo en medio de tanta grisura. La viveza de los colores que acompañan a sus Mujeres de Park Avenue nos invita a un movimiento de retorno hacia la jovialidad e inocencia de la mirada infantil. Advertía el poeta cubano Gastón Baquero que el país de la infancia alberga una inagotable felicidad que no es otra cosa que darle la espalda al destino, dejar de preocuparse por las demandas insidiosas del futuro. Es estar presente en el presente, inmerso en un hueco horadado en el tiempo donde solo tiene cabida el juego. De ahí que Rilke afirmara que el tiempo de la infancia no tiene nada que ver con el tiempo histórico lineal, puesto que, en él, en aquellas horas intensas consagradas al azar, hay un más, un denso exceso, irreductible a las categorías tradicionales de la temporalidad:

Oh, horas de la infancia, cuando detrás de las figuras había más que solo pasado y ante nosotros no estaba el futuro.

¿Y qué sería ese exceso? Una ruptura de lo estructurado, una desactivación del orden para abrirse a lo indeterminado, a lo sorpresivo e inesperado. Los ojos del infante profanan lo clasificado para ver lo abierto, la pura posibilidad que encierra cada cosa:

Con todos los ojos ve la criatura / lo Abierto. / Solo nuestros ojos [los ojos del adulto] están / como vueltos del revés. […] Al temprano niño / ya le damos la vuelta y le obligamos a que mire / hacia atrás, a las formas, no a lo Abierto.

 

La profanación de las formas es un rasgo que define a la infancia. La figura del niño es el prototipo del creador, del que inventa y explora nuevos usos para cada objeto, donde cada cosa es siempre más que ella misma. Supone una subversión de lo cotidiano de la que emerge la burla y la risa, alimentada por la capacidad aún de la sorpresa y de la fascinación por el misterio que vela lo real.

Los retratos de las Mujeres de Suso Barrio nos conducen al mundo lúdico e infantil del circo. Ante nosotros desfilan clowns, trapecistas, domadoras, malabaristas que nos evocan la serie de saltimbanquis de la época azul picassiana. Todas ellas guardan un rasgo en común: aparecen con el pecho desnudo que las acerca al icono primitivista de las mujeres africanas o polinesias, retratadas por Picasso y Gauguin, que no sienten pudor de su desnudez, al no haber sido todavía aguijoneadas por la moral pudibunda. Este primitivismo es palpable en algunos de sus rostros que son literalmente máscaras, pero reinterpretadas desde la modernidad, añadiendo elementos robóticos de una sofisticada tecnología –como hizo Man Ray en algunas de sus fotografías– que cuestiona paradójicamente dicho primitivismo. El acierto de Barrio radica en esa capacidad de llevarnos a la paradoja, de enlazar elementos contrarios: lo primitivo con el avance tecnológico, la sofisticación de los caprichosos sombreros y los largos pendientes que adornan estas figuras femeninas, al igual que sus lazos engalanados que custodian sus modiglianescos cuellos (homenaje a la Olimpia de Manet), con el salvajismo de sus pechos descubiertos. La mirada irónica y desmitificadora del artista subvierte el icono de la mujer burguesa: nos presenta a una fémina libre, despojada de prejuicios morales y abierta al mundo jocoso de la diversión y el baile. Sus faldas ampulosas nos recuerdan a los cancanes de las bailarinas prostitutas del Moulin Rouge, inmortalizadas por Toulouse-Lautrec, pero también podrían ser las basquiñas barrocas de las Meninas de Velázquez que contrastan burlonamente con la desnudez de sus senos.

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