Hasta el 23 de febrero de 2025
Sobre la exposición
Artista: Isabel Rubio
Bien, todo eso está muy bien, pero una vez llegados hasta aquí, y a estas alturas de edad, de herida, de intemperie o de plácido, a veces, existir, ¿qué hemos de escoger, el peso o la levedad?
Me refiero a los artistas, a los poetas, a los que aspiran a expresar, agitar, socavarlo todo, a los que insisten en exponerse ante los demás, a los que aún persiguen qué…
Dejemos la respuesta para luego, admitamos incluso que puede no llegar, porque estas líneas dan de sí tan sólo lo que a la vez dan de no, apenas folio y medio, apenas cuarto y mitad de avanzo como puedo y balbuceo argumentos que empiezan a escribirse con el mejor afán, pero pueden despeñarse en cualquier momento, a poco que el humor, el clima, las noticias, una voz destemplada en el patio de vecindad o un insulso wasap desde cualquier lugar del mundo confunda o extravíe al escriba, llevándole al delirio, al sinsentido, o a la más brillante e insípida vacuidad.
Sensible, ardua, frágil, delicada, enfrascada, pertinaz…




La obra de Isabel Rubio (en adelante IR), llegó a mí de la forma o con las formas más inesperadas. Con esa extraña y lúcida naturalidad con la que suelen anunciarse los grandes acontecimientos. Poco a poco, a su ritmo, por donde menos los aguardas. Porque lo primero que llamó y arañó mi atención sobre estas piezas fueron sus pasos previos. Ese no verlas aún, pero intuirlas ya, ese no ser aún, pero olerlas, sentirlas, tras… tocarlas ya. Esa inesperada bolsa verde de plástico imitando arpillera, que ahora llevamos todos de aquí para allá cuando hacemos la compra. Esa bolsa ya imprescindible de la que IR, manojo de nervios, extrajo de pronto la misteriosa geometría de una caja. Parecía una caja cualquiera, un continente más, no sé muy bien de qué, hasta que fue la propia artista, manojo de sensibilidad en estado puro, quien mirándome a los ojos mientras abría ya la tapa de su terra incógnita, sin que yo le hubiera objetado nada -seguía en realidad clavado en la maravilla de andar por casa que era su bolsa verde-, me dijo: Sí, toda mi obra cabe en una caja de zapatos…
¿Peso o levedad?
Podría atreverme al fin a decir algo, ensayar un esbozo de respuesta, pero IR ha vuelto ya, mientras lo pienso, de nuevo a sus andadas… Digamos que a lo suyo, zapatero a tus zapatos, yendo de un lado a otro mientras extiende ante mí cada una de estas 222 piezas -pisadas en la noche, huellas tenues, murmullos del orbayo para un alma asturiana-, con tal mimo, que uno emerge de nuevo a lo que asiste sin apenas palabras, de puntillas, entregado a la escena más antigua del mundo: Contemplar como un ser que somos todos al volver a casa, esparce sobre la mesa cansada y a la vez abrigo del regreso las vigas del comer más necesarias: Cuarto y mitad de fibra, cuarto y mitad de entraña, cuarto y mitad de alivio, cuarto y mitad de arte, sueño, pala, manchas, colores y texturas que nos urgen a sostenernos vivos, atentos, abiertos al asombro, el fósforo, las lámparas, mientras una escena hasta entonces doméstica rompe de pronto en ley universal, o dicho de otro modo, en algo que ya a todos nos atañe.




¿Peso o levedad?
Juan de Yepes decía un no sé qué que queda balbuciendo… El verso no apuntaba a brillante, pero ese balbucir iluminado acabó dándole vuelo a un Juan de la Cruz que oscilaba entre la noche oscura del alma y una celda de Úbeda alumbrada, dios sabe para qué. Quizás para sostener tan sólo la fe y el espíritu del alumbrado: Balbucir la verdad, tantear, parpadear líneas, esbozos, trazos, dejar que sea el poema, como ahora estas imágenes surgidas de una caja de huellas y pisadas, el que encuentre un balbuceo que dejar luego expuesto y al alcance. Al peso y la medida, al misterio que atisbe el visitante. Como la libélula -del latín libella, balanza- que atraviesa de improviso con su línea azul el estanque. Belleza inesperada, fluir del agua…
¿Peso o levedad?
Milan Kundera nos ayudó bien poco, resumiendo que la contradicción entre peso y levedad es la más misteriosa y equívoca de todas las contradicciones. El pintor Paul Delvaux, sin embargo, que se consideraba tan sólo un artista de emociones poéticas, no de ideas, aseguraba que él en realidad a lo único que aspiraba es a pintar un cuadro en el que poder vivir… Y me gusta esa cesta de la compra.
Sensible, ardua, frágil, delicada, enfrascada, pertinaz…
Ese ir y venir con una bolsa verde en cada pie, con un ala en cada mano, del que IR sabe tanto.
Fernando Beltrán
